Poc
abans de Nadal no està fora de lloc reproduir una crònica de la nit de Matines de
l’any 1940 a Lluc. La trobam a la revista que duu el nom del Santuari, núm 233,
pag. 13. A l’època no eren permesos escrits públics en català. Altrament queien
damunt l’autor sancions de tota casta. Només feia un any de la trista victòria
franquista. El cronista és el P. Rafel Juan, molts anys arxiver del Santuari i
mort el 1989 a Lluc. La seva ploma, malgrat un cert amanerament, ens transmet
l’esperit nadalenc que encara avui estremeix els fidels pelegrins que pugen la
muntanya.

Concurridos como pocos años han sido los del presente. Horas antes
de empezarse, con dificultad podía elegirse puesto, porque todos los buenos
estaban tomados; minutos antes de las nueve, hora del comienzo, era ya de todo
punto imposible penetrar en la iglesia por el portal exterior. El tramo
destinado a las mujeres estaba lleno hasta el tope. Por lo que familias hubo,
que optaron por volver sobre sus pasos y esperar mejor suerte en los del año
cuarenta.
Del tramo destinado a los hombres, a los pocos momentos de
empezada la función quedaron también ocupados todos los sitios, pero como
ocupantes sobraban, hubieron éstos de contentarse con apretujarse contra la
reja del presbiterio o divertirse por
las escaleras del Camarín y Sacristía.
Las paredes de la iglesia, pues no podían dar mayor cabida, dieron
lo que pudieron: muestras pesarosas del albergue a tanta generación negado:
rompieron en copioso sudor, que pronto fue llanto deshecho, según veíamos
defluir los regueros desde lo alto de las pilastras.
Continuaba el canto salmódico y no cesaba la gente de pugnar por
entrarse. Abrióse el portal mayor y muchos expusieron sus cuerpos al frío y a
la lluvia para no exponerse a negar a sus ojos el hermoso espectáculo de la
adoración y a sus oídos la suavísima música de los “blavets”.
Al canto del Te Deum
laudaumus inúndase de luz la iglesia y la inmensa muchedumbre, ávida, se
pone en pie. Ya desde lo alto del presbiterio el Niño Jesús extendía sus
bracitos, mostrándonos su corazón, y desde su cuna de pajas nos mandaba el
sonrís dulcísimo de la paz.
Acabó el canto litúrgico y comenzó la adoración.
Al Niño de Belén fueron a adorar los pastores con zamarras y
rabeles, no sacerdotes con rozagantes vestiduras litúrgicas; séanos permitido
en esta noche juntarnos al coro de piadosos pastores; ya cantan en el Cielo loa
Ángeles su liturgia «Gloria in altissimis Deo».
Aparece en el púlpito la Sibila. Aquel mar de personas contiene el
resuello. Asciende severa la monodia, recta como el filo de la espada, y
caracoleando por las bóvedas, desciende, en exuberante floración de melismas,
sobre aquel silencio de emoción, que recoge las últimas notas de la melurgia
con un respiro largo, intenso y profundo.
El órgano hace en el entretanto el contrapunto a la melodía; la
gente cuchichea, el cantor monda y remonda el pecho, para cantar ya con voz más
segura, triunfante de la primera emoción, una a una, todas las estrofas del
poético canto. Al final con el acero luciente de la espada traza en el aire la
señal victoriosa de la cruz.
Oyese de pronto la voz del Ángel, que desde la cuna del Niño canta
a todos las palabras del texto, por antonomasia evangélico: «Annuntio vobis gaudium mágnum». Recogen de
sus labios otros ángeles el «Gloria» y con el revolotear trémulo de sus alas difunden por el templo
sus ecos, mientras un coro generoso de pastores canta con animación: «Transeamus
usque ad Bethlehem et videamus hoc verbum quod factum est» (Bucciali) Acaban
los pastores, y óyense todavía lejanos los ecos del célico gloria que se
pierden en lontananza…
Cantan luego los niños, a solas sus coplitas y unen después todos
sus voces, en tres espléndidos corales de Bach y en la soberbia cantata de
Hassler «Cantate Domino».
La gente está embelesada: cree ver el cielo en la tierra.
Media noche es por filo: sobre la emoción caldeada suenan graves,
acompañados, los toques de las doce.
Empieza la misa.
El coro canta con gravedad las palabras de la generación eterna
del Verbo «Filius meus es Tu», y los fieles se disponen a recibirle en sus
pechos. Las notas jubilosas del «Gloria
in excelsis» preludian la paz que traerá a nuestros corazones. Los que no
han podido hacerlo todavía, purifícanse con el sacramento de la Penitencia; y a la hora
de la comunión gran muchedumbre se acerca a recibir de Jesús el beso de la paz.
Acaba la liturgia. Cesan los cantos y sus últimas notas se pierden
en el hielo y la oscuridad de la noche.
Los fieles abandonan el templo con dejos de añoranza y se citan
para el año próximo.
* * *
Música ejecutada por la Escolanía bajo la dirección del Maestro de
Capilla P. José Amengual:
Salmodia
y partes variables de la Misa,
gregorianas.
Terceros
Responsorios, L. Perosi a dos voces.
Anuncio
y Adoración, P. G. Miralles, a solo y 3 voces.
Pastors
de Judea, J. Camellas Ribó.
Transeamus
usque Bethlehem, Bucciali, Pastoral, a 3 v.
Llueix
l’estrella: Tres Corales de Bach a 4 v.
Entre
lliris, A Rodamilans, a 3 v.
Callad,
oh Amor, Coro de M. Massot. Letra de Lope de Vega.
Pens
en Vós de día, Coro de Otaño.
Cantate
Domino, L. Hassler, a 4 v.
Les
dotze van tocant, Canto popular.
Nadal,
Coro. Luis M.ª de Sta. Teresa.
Adeste fideles, gregoriano.
Cantó la Sibila
por quinta vez el niño Onofre Servera de Porreras, y el Anuncio del Ángel el
niño Rafael Amengual de Búger.